miércoles, 4 de julio de 2018

Reseña de "El color de la luz" en el blog Na Marta i els Llibres

http://namartaielsllibres.blogspot.com/2018/06/resena-el-color-de-la-luz-de-marta.html

Los Personajes.
Los Personajes principales de esta historia son Blanca Luz y Martin Pendragón.
Porque fueron una “excelente idea en papel y una realidad desastrosa”

“La felicidad son pequeños intervalos que dos personas roban para encontrarse”

Los principales secundarios están llenos de vida y pasión como los protagonistas. Personajes de gran carisma. Hacen de engranajes para los protagonistas. Son:
Francisco Miranda: Padre de Blanca y profesor de pintura de Martín Pendragón.
Sofia Miranda: Hermana de Blanca Luz.
Jose Maria Casabella. Chema para los amigos. : De carácter noble y leal. Es el mejor amigo de Martín. Existe una gran unión entre ambos.

“imagina lo que supone ser el tipo gracioso, afable, bonachón, regordete..”
“condenado a vivir eternamente a la sombra del amigo genial..”

Eduardo Izquierdo. Amigo de Martin.
“la vida esta diseñada para pasar al siguiente capítulo”

Grabielle. Mujer fuerte, paciente, con tesón y con un amor incondicional hacia Martin.
“el destino nos compensa cuando la vida nos concede nuestros deseos, cuando ya no los queremos…”.

Mis impresiones.
Estaba tan absorta leyendo el libro, que no me di cuenta, casi hasta el final, que no conocíamos el nombre de la periodista. Sumamente conquistada por la historia. La escritora, ha sabido conjugar muy bien ese elemento, haciendo creerte que eres el personaje de la periodista, haciendo participe de la historia de una forma directa y personal. Concurrimos parte de la trama. Llegas a comprender y amar, a la vez, a los personajes. Entiendes muy bien sus idas y venidas. De hecho, los protagonistas se definen como el mito de Andróginos, dos mitades destinadas a buscarse y encontrarse.

Novela intimista, de género narrativa romántica, muy bien construida donde confluyen dos tiempos. La escritora ha sabido, muy bien, como reflejar cada época. Utiliza palabras más formales y correctas cuando están en uso de Blanca Luz, y frases más coloquiales y modernas en el presente de la periodista.

Me gusta el final de la historia del cuadro. Pero sobretodo, el final de los protagonistas. Las idas y venidas no siempre son buenas, al menos eso creo yo, pero no siempre podemos tener/desear ese “final feliz” que tanto nos gusta. Este es el tipo de historia que me gusta. La real. La que te hace sentir y sufrir, por partes iguales.

Tengo que mencionar, además de la sinopsis de la contraportada, la portada me pareció preciosa. Llama mucho la atención. Es importante destacar la frase que sigue al título del libro “Todos los cuadros encierran una historia”. Que gran verdad.

De hecho, en el libro hay varias referencias a varios cuadros y mitologías. No podía ser de otra manera. Como el cuadro “Saturno devorando a su hijo” de Francisco de Goya.


Quiero mencionar un par de frases del libro, que me enamoraron nada más leerlas y me gustaría compartir:

“en ese pequeño hueco que queda entre tus brazos, fui el hombre más feliz del planeta. No necesitaba otro lugar para vivir. Era mi casa”

“me olvidé de que más allá se extendía otro mundo inmenso. Y de que también ahí fuera cabía la felicidad, aunque fuera de otra forma”.


Felicito a su autora por este trabajo. Me ha encantado el libro y lo recomiendo leer. Es una historia inusual. Una historia que no deja indiferente al lector. Deseando leerla de nuevo. Seguro que nos vuelve a sorprender.

El libro consta de 425 páginas y de un Epilogo. Para mi gusto, un epilogo corto, pero acertado para el final de la historia del cuadro.

Por último, quiero agradecer a Suma de Letras por el envío del ejemplar para la lectura y posterior reseña. Ha sido un placer, hacer mi primera reseña con esta magnífica obra de libro. ¡Muchas gracias!

miércoles, 27 de junio de 2018

"El color de la luz" en Alagón

Una preciosa tarde presentando "El color de la luz" en Alagón, el lugar donde le abrieron las alas a mis historias cuando era una niña y que hoy me ha abierto los brazos para acogerme con tanta generosidad, en un marco privilegiado para una novela sobre arte. La literatura y la pintura, juntas en el Museo Hispano-Mexicano, en el que incluso brilla la luz de un Goya. Muchas gracias a todos por hacerme este regalo. Siempre es un placer volver.










jueves, 21 de junio de 2018

Reseña de "El color de la luz" en el blog Cultura-te

El color de la luz es un libro muy bonito, posee cierto aire de secretismo idóneo para los más curiosos y relata dos historias en una: una periodista con instinto infalible busca lo que se esconde tras el hecho de que una anciana, conocida gerifalte de un imperio textil, haya pagado veinte millones de dólares en una subasta en Nueva York por la obra cumbre de Pendragón, que por muy maravillosa que fuese, tal cantidad de dinero era demasiado. Lo que la periodista desconoce, y que irá descubriendo poco a poco gracias a una petición de la anciana, es todo lo que se cuece tras ese cuadro en particular, la segunda historia, la historia de Pendragrón y su musa. Historia, arte y sentimientos se suceden entre unas líneas que no pueden ser más cuidadas, y gracias a una pluma que no puede ser más extraordinaria.
París, Nueva York, la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil Española son los magníficos enclaves donde se desarrolla la novela. La autora une presente y pasado para componer una obra de narración exquisita, que cuenta el amor, más que imposible lo definiría como complejo, por culpa de las odiosas inseguridades que acechan a las personas de manera implacable, entre un pintor y su musa, y que otorga una importancia señorial a los detalles –aquí he de felicitar con mayor énfasis a Marta Quintín porque ha sabido transportar al lector al verdadero ambiente, e incluso pensamiento, de un auténtico artista–.
Siempre he creído que los artistas –pintores, escultores, escritores…– observan el mundo a través de la magia, una magia que les crea una particular sensibilidad que los hace únicos, diferentes. Así es Martín Pendragón, especial desde niño, incapaz de no dibujar en cualquier superficie, incapaz de reprimir su magia, incapaz de no aceptar la ayuda de Francisco Miranda, el maestro que decide concederle el empujoncito que precisa para poder volar, el padre de Blanca Luz. Oh, Blanca… ¡qué tontos somos cuando nos dejamos vencer por el miedo!
El color de la luz es una historia clásica, de la vieja escuela, de esas que perdurarán en el tiempo como una novela “de las de siempre”, entrañable, que te abraza desde el principio con tanta calidez que, al terminarla, sientes vacío, aunque es un vacío que, al mismo tiempo, te roba una sonrisa… una sonrisa de verdad, de esas que no se desvanecen durante unos interminables y hermosos segundos y que surge cada vez que tus ojos se cruzan con el lomo del libro cuando fijas tu vista en la estantería, algo inevitable, sencillamente porque, ¿quién no querría saber cuál es el color de la luz?

lunes, 18 de junio de 2018

Presentación de "El color de la luz" en Alagón

En casa siempre tratan bien, por eso vuelvo pronto. En esta ocasión, a Alagón, el primer lugar donde vieron la luz mis historias, unas que hablaban de la vida de un paraguas, de la ingratitud sufrida por una esponja, o de la amistad que se forjaba en una perrera entre chuchos tan abandonados como valientes. En su Biblioteca parece que estos relatos gustaron; lo suficiente como para premiarlos en el certamen Tomás Seral y Casas, un reconocimiento que me dio fe para seguir escribiendo. 
Dieciocho años después, este viernes 22 de junio, regreso para presentar "El color de la luz", el fruto de esa confianza que me regalaron. Un reencuentro que tendrá lugar, gracias a la maravillosa idea de Inma Callén, ¡en un museo!
Mejor marco para una novela sobre arte no puede haber. Más ilusión no me puede hacer. 
¡Allí, observados por los cuadros, nos vemos!



Si Mahoma no va a la montaña...

Después de meses dándole esquinazo al vía crucis de hacer una excursión a Ikea para comprar una estantería en la que depositar los libros que hasta ahora se hacinaban en cajones, se ocultaban en armaritos y se amontonaban en precarias torrecillas erigidas en rincones indignos y aleatorios de la casa, ayer por la noche, la montaña decidió cortar por lo sano y apostarse frente al portal de Mahoma en forma de una alacena de mimbre abandonada que parecía construida ad hoc para darle hogar a tanta página desamparada. Y ahora aquí está. En el salón, cabía justo en el hueco. Atiborradita de libros. Ahora sí, por fin, la casa es casa.




jueves, 14 de junio de 2018

De pronto, verde


Es lo que tenemos los pésimos jardineros. Que, con nuestras malas artes y peores mañas, seríamos capaces de convertir a una ceiba milenaria en un arbusto esmirriado. Y de secar a un cactus. 

Qué desventura no le aguardaba, por tanto, a un pobre kalanchoe, que llegó a casa todo reventón, de un verde en el que daba gloria cuasi reflejarse, de puro lustre; que, incluso, en sus buenos días (cuando todavía no andaba a merced de las zarpas equivocadas), cuenta la leyenda que alumbró flores rosas; y que, oh casualidad, en cuanto quedó encomendado bajo la protección dudosa que ofrecemos los pésimos jardineros, comenzó a ver cómo esas mismas hojas resplandecientes se mustiaban irremediablemente, se retraían, se les ponían gachos el haz y el envés, y se cubrían de una capa negra mohosa que daba bastante lástima y, a qué engañarnos, también mucha grima. 

Hubo que cortarle todas las ramas, una a una, pero no se tiró la maceta. Ahí quedó el kalanchoe, despojado, mutilado, a la espera (loca esperanza) de que, algún día, le viniese la inspiración y renaciera.
Se ha pasado más dos meses en un estado catatónico, imperturbable en su aspecto desolado. Yo, desde luego, ya lo daba por desahuciado, no abrigaba la más mínima duda sobre su condición de cadáver, una víctima más de la larga y vergonzante estirpe de los pésimos jardineros, que me señalaba y me culpaba con sus ramas descarnadas, y únicamente la pereza me impidió tirarlo, o más bien, no saber dónde dejarlo. Dime, Bécquer, cuando las plantas se mueren (o las matan los pésimos jardineros), ¿sabes tú adónde van?
El caso es que, al parecer, a espaldas de mi escepticismo y bajo la capa de tierra, estaban ocurriendo cosas, porque el otro día sorprendí, brotando de ese esqueleto demacrado... ¡pum!, ¡el milagro!
Esos botones verdes abriéndose camino me emocionaron más de lo que jamás habría imaginado. Podría soltar ahora mismo una filosofada muy sesuda y lacrimógena sobre la vida que aguanta, que se aferra, que pugna, que es tenaz, que surge cuando menos te lo esperas.
Pero, a riesgo de parecer una taza de Mr. Wonderful, me limitaré a decir: Eh, que no se os olvide, si este kalanchoe ha podido, ¡vosotros podéis!
A pesar de los pesares. Incluso a pesar de los pésimos jardineros.
Pd: doy permiso a Mr Wonderful para que estampe esta foto en una de sus tazas. Es la autoayuda hecha planta.