Ésta es la portada de mi primer y futuro libro. Como ver la ecografía de tu primogénito.
sábado, 18 de agosto de 2012
Bestiario de Piar V: los chicos de Sotheby's
En un mundo
dominado abrumadoramente por mujeres, la casa de subastas Sotheby's ha adoptado una
política en materia piar muy inteligente a mi juicio. Ha apostado
sin ruborizarse por que sean varones los que le lleven la
comunicación. Varones, puntualizo, que reúnen los siguientes
requisitos: atractivos, pero no de modo apabullante, sólo agradable.
Eficientes, pero no de manera intimidatoria como las piar salvapatrias (entrega III de la serie).
Afables, pero no en modo falso, como las piar efusivo-hipócritas (entrega I de la serie). Se
les nota el gimnasio, pero no lo bastante como para dudar de su
coeficiente intelectual. Es decir, lo tienen todo, pero con sentido
de la mesura. Y ahora diréis que estoy ejerciendo una discriminación
positiva en favor del sexo "fuerte". Pero nada más lejos de la
realidad. ¡Ni por mientes! Y el morbazo (siempre hipotético, desde
luego) de que un mozo bien plantao te mande notas de prensa sobre
arte de posguerra y fotografías de cuadros de Rothko en alta
resolución no distorsiona en modo alguno mi imparcialidad al juzgar
este asunto. Así que ya lo sabéis. Punto positivo para los chicos
de Sotheby's. Y no hay más que hablar.
domingo, 12 de agosto de 2012
Bestiario de Piar IV: la kafkiana
La piar kafkiana es aquella con la que llevas semanas intercambiando
correos electrónicos para conseguir que incluya tu nombre en la lista de
algún evento guay del paraguay. No la has visto en tu vida pero es ya
una de tus habituales del gmail. Incluso te mandó un christmas por
Navidad. Cuando llega el señalado día y te personas en el lugar de
autos, te identificas ante la señorita de turno apostada en la puerta y
ésta comienza a consultar una lista repleta de nombres. Y el tuyo no
está. "Sorry, miss".
Te hacen repetir el medio de comunicación del que vienes. Esperas con paciencia, temiéndote lo peor, mientras repasan la lista. Pero, si no te han encontrado la primera vez, ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas, así que tampoco suele sonar la flauta. Entonces, como eres una persona con recursos (hay que serlo en este mundo gobernado por piar y sus leyes arbitrarias) te sacas, con ademán teatral de prestidigitador, el móvil de la chistera, y le muestras los correos que acreditan que estás invitada. Al ver el correo, los que te han interceptado intercambian entre ellos una mirada de nerviosismo y musitan: "Oh, Joanna, está en la lista de Joanna...".
A partir de ahí empieza un exhaustivo rastreo para determinar el paradero de Joanna. Te ves empujada a una inextricable burocracia en la que tienes que ir superando barreras sucesivas de piar, pertrechadas con sus respectivas listas de nombres. Listas enormérrimas, con más nombres que gente en el evento, a excepción del tuyo, que sigue sin estar. Te aferras al correo electrónico como si fuera un talismán, y lo vas mostrando como si pidieras tu ración de condumio en un campo de refugiados, repitiendo "Marta, from I Ef I", como si se tratara de un mantra para abrir las puertas de Tebas.
Esta historia puede tener dos desenlaces. La primera: que tras someterte a varias pruebas de ADN, intelectuales, de aptitudes psicomotrices y controles de alcoholemia, acabes encontrando a Joanna, quien te da un abrazo porque intuye por tu cara desencajada que las has pasado canutas para llegar hasta allí.
La segunda: que Joanna no aparezca nunca y terminen dando por sentado que es una entelequia producto de tu mente esquizofrénica. En ese caso te dejan pasar por misericordia hacia tu lastimoso estado de salud mental. "Pobre niña loca, que en ocasiones ve piar... y se manda emails con ellas". Te indignas ante esta insultante posibilidad, pero el hecho es que jamás vuelves a saber de Joanna. Y esa piar pasa a formar parte de ese territorio de leyenda en el que piensas con un escalofrío antes de dormirte en las noches de luna llena.
Te hacen repetir el medio de comunicación del que vienes. Esperas con paciencia, temiéndote lo peor, mientras repasan la lista. Pero, si no te han encontrado la primera vez, ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas, así que tampoco suele sonar la flauta. Entonces, como eres una persona con recursos (hay que serlo en este mundo gobernado por piar y sus leyes arbitrarias) te sacas, con ademán teatral de prestidigitador, el móvil de la chistera, y le muestras los correos que acreditan que estás invitada. Al ver el correo, los que te han interceptado intercambian entre ellos una mirada de nerviosismo y musitan: "Oh, Joanna, está en la lista de Joanna...".
A partir de ahí empieza un exhaustivo rastreo para determinar el paradero de Joanna. Te ves empujada a una inextricable burocracia en la que tienes que ir superando barreras sucesivas de piar, pertrechadas con sus respectivas listas de nombres. Listas enormérrimas, con más nombres que gente en el evento, a excepción del tuyo, que sigue sin estar. Te aferras al correo electrónico como si fuera un talismán, y lo vas mostrando como si pidieras tu ración de condumio en un campo de refugiados, repitiendo "Marta, from I Ef I", como si se tratara de un mantra para abrir las puertas de Tebas.
Esta historia puede tener dos desenlaces. La primera: que tras someterte a varias pruebas de ADN, intelectuales, de aptitudes psicomotrices y controles de alcoholemia, acabes encontrando a Joanna, quien te da un abrazo porque intuye por tu cara desencajada que las has pasado canutas para llegar hasta allí.
La segunda: que Joanna no aparezca nunca y terminen dando por sentado que es una entelequia producto de tu mente esquizofrénica. En ese caso te dejan pasar por misericordia hacia tu lastimoso estado de salud mental. "Pobre niña loca, que en ocasiones ve piar... y se manda emails con ellas". Te indignas ante esta insultante posibilidad, pero el hecho es que jamás vuelves a saber de Joanna. Y esa piar pasa a formar parte de ese territorio de leyenda en el que piensas con un escalofrío antes de dormirte en las noches de luna llena.
jueves, 9 de agosto de 2012
Sexo en Nueva York (cuando no eres Carrie Bradshaw)
Ayer tuve que dar la noticia de que en Nueva York iban a regalar 10.000 vibradores, que serían dispensados en los típicos carritos de perritos calientes que hay en cada esquina de la ciudad (el de marketing se curró la asociación de conceptos y tal). Bueno, escribir sobre vibradores es una forma de ganarse la vida como otra cualquiera. Intuí que por esta cobertura no me haría merecedora del Pulitzer, pero en fin, también cumplía cierta función social suministrando esta información para una clase específica de necesitados. Sin embargo, equiparándose en trascendencia a los temas que sí reciben este premio, hoy tuve que volver a escribir sobre ello (noticia más leída de elmundo.es, como no podía ser menos), porque el asunto trajo cola. Concretamente, largas colas, de hasta 300 personas que se congregaron ante los llamados carritos del placer (debidamente identificados, para evitar malentendidos), ansiosas por conseguir gratis un vibrador que normalmente cuesta 40 dólares. En una ciudad donde ser soltero o divorciado no es un estado civil sino un genotipo, mentar un vibrador es lo mismo que decir fiesta asegurada. ¿Y qué pasó? Pues que el alcalde Bloomberg se la aguó a más de uno. Cuando sólo llevaban 40 minutos repartiendo los juguetitos, las autoridades obligaron a los carritos a echar el cierre, porque no tenían los permisos pertinentes y porque se habían formado unas aglomeraciones que dificultaban el tránsito de los viandantes no viciosos. Vamos, un coitus interruptus en toda regla. Varios ciudadanos señalaron con disgusto que Niñera Bloomberg, como se ha apodado al alcalde por sus medidas excesivamente intervencionistas para la liberal mentalidad americana, ya les ha prohibido fumar, beber coca-colas tamaño extra grande... ¡y ahora esto! "Tengo 57 años. ¡Debería poder tener un vibrador", lamentaba una de las afectadas insatisfechas.No sé si la carrera del ex-demócrata se recuperará de este gatillazo. A fin de cuentas, nada hay tan imperdonable como que te dejen a medias.martes, 7 de agosto de 2012
Bestiario de Piar III: la salvapatrias
La piar salvapatrias resulta intimidante. Hace todo mucho mejor que tú.
Controla horarios, kits de prensa con comunicados en todos los soportes,
la agenda de sus representados y el servicio de cátering con chasquear
los dedos de una mano (tallados con una manicura perfecta, por supuesto),
y sin dejar de correr sobre unos tacones más largos que la ruta 66. No
sonríen más de lo necesario, para ser eficientes en la gestión de su
energía, pero siempre tienen una solución medianamente satisfactoria en
la boca. A estas piar sientes deseos de preguntarles: "Oye, guapa, pero tú
¿cómo has terminado aquí, si podrías dominar el mundo?". Sin embargo, también a ellas se las puede coger en un momento de debilidad. Por
ejemplo, llegando diez minutos antes de la hora a la que te habían
citado. Mi impuntualidad retroactiva me permitió descubrir a uno de estos especímenes en uno de esos momentos: ya perfectamente maquillada, embutida en
un ceñidísimo vestido rojo y encaramada a sus tacones. Todo
irreprochable, a excepción del peinado. Su cabeza estaba sembrada de
moñitos cogidos con gomas de colores que la hacían parecer recién salida
de una convención de cómic manga. "Esta tía es una moderna", me dije
para mis adentros. Craso error. De pronto, se soltó las gomitas una a
una y los moñitos se vieron sustituidos por unos tirabuzones
niquelados. Me quedé patidifusa y me entraron ganas de entrecerrar los
ojos, entreabrir la boca y menear la cabeza reconociendo: "Qué pérfida
astucia la tuya... Conque ése era tu secreto... Menudo as te estabas
guardando en la manga, pájara". Habría sido bonito vivir con ella esa
pausa dramática, pero me resultó imposible porque, a la que me di
cuenta, ya me sacaba varios centenares de metros de ventaja sobre sus
tacones motorizados, y tuve que correr tras ella. La filosofía con éstas
es clara: no las querrás, puede que hasta las envidies, pero respétalas
(lo que no será difícil), porque ten por seguro que acabarán haciéndote
falta. "A piar saved my life tonight", que les cantaría Elton
John.
sábado, 4 de agosto de 2012
Bestiario de Piar II: la gorilera cara de perro
Las piar cara de perro se caracterizan porque en su juventud pretendieron hacer
carrera en el mundo del gorilaje de discoteca, pero no cultivaron
suficiente músculo y no las dejaron. Para resarcirse, intentan
reproducir las técnicas de sargentona de la Gestapo en cócteles y
desfiles de moda. Les han asignado una pequeña parcelita de poder y
están encantadas de explotarla. Y que no se cantee ni el tato. Siempre
tienen una restricción o un inconveniente en la boca, así que acaban
siendo un soberano fastidio. Y, consecuentemente, intentas pasártelas
por el pito del sereno para que no dificulten en exceso tu trabajo. Una
piar está para hacerte más llevadera la vida o para complicártela. Y
estas individuas han optado por joder la marrana. Cuando te sorprenden
en flagrante delito, ingeniándotelas para burlar su autoridad, te
espetan "miss, no", con una sonrisa helada con la que quieren decirte
mucho más: "Oye, tía, no te araño la cara aquí mismo porque perjudicaría
la imagen de mis representados, pero como insistas en desobedecer las
normas, tú y yo nos veremos en la calle (en la duodécima avenida, que es
más chunga) al rayar el alba. Tráete padrinos. Como arma, elijo los
tacones, y que sepas que no tengo miedo a pelear en el barro". Entonces,
tú recoges el guante que te han cruzado por la cara y replicas "acepto
el duelo", señalando con un imperceptible pero elocuente movimiento de
cejas el trípode de la cámara de vídeo, para especificar que ésa es el
arma de tu elección. "Y, aquí donde me ves, fui tiradora de jabalina en
mis años mozos", añades en ese desafío telepático. ¿Resultado? Que las
piar vaca-burras van y, sistemáticamente, se me achantan. Perro policía
ladrador, poco...
miércoles, 1 de agosto de 2012
Bestiario de Piar I: la efusivo-hipócrita
Empieza agosto e inicio una serie veraniega para dinamizar el blog y el estío (y que no se transforme en hastío). Voy a diseccionar, catalogar e inventariar el fascinante mundo de lo que a partir de ahora llamaré las piar. Procedo a explicar la palabreja: es la transcripción de la pronunciación en inglés de las siglas PR, las cuales responden al término Public Relations (es decir, relaciones públicas, de empresas, instituciones, museos, artistas y todo ente que aspire a tener existencia en la Gran Manzana). Las piar, como se las conoce coloquialmente en Nueva York, son las contrapartes impepinables del periodista medio. La puerta de acceso a la noticia, el filtro sine qua non el asunto informativo no prospera. Por eso hay que estar a buenas con ellas. Sin que hacerlo implique bajar la guardia y que se te suban a las barbas. Se trata, por tanto, de un alambicado equilibrio de amor-odio, de recelo y dependencia... como todas las buenas relaciones, vamos, y, como tales, cada una es un mundo. Haber piar las hay, como las meigas, en todos los rincones del planeta. Pero, al igual que en el resto de ámbitos de la vida, en Nueva York el bestiario de especímenes se amplía, de ahí que me sienta en la obligación moral de acometer la tarea de clasificación desde aquí, convencida de que será de más utilidad y más orientativa. Porque las piar vienen sin manual de instrucciones, pero es más fácil manejar a tu enemigo si lo conoces.
Inicio la serie con una de mis preferidas: la efusivo-hipócrita.
La ventaja de la piar efusivo-hipócrita radica en que es altamente reconocible. Se identifica en un abrir y cerrar de ojos. Se trata de esa mujer anglosajona en la treintena que emitirá un gritito de júbilo cuando te vea aparecer por la puerta y que comenzará a correr hacia ti sobre unos tacones largos como un día sin pan, con el mismo ímpetu y candor que Heidi pradera abajo. "¿Viene hacia aquí? ¿En serio se dirige hacia aquí? ¿Es por mí? Oh, my God, parece que sí", te dices para tus adentros, con nerviosismo y angustia crecientes, mientras la ves aproximarse al galope, rezando para que calcule bien sus pasos y se detenga antes de que su tacón de Manolo Blahnik se incruste en tu dedo gordo del pie y te lo triture. Un tacón que ha costado más de 1.000 dólares tiene que ser destructor de necesidad.
Pero la piar suele detenerse a tiempo, justo antes de dejarse caer en tus brazos, aclararte que es Audrey (siemrpe tienen un nombre así) y que está encantada de verte. Para agregar a continuación: "Por cierto, y tú eres...". Te identificas. "¡Oh, claro, Marta, por supuesto, ¡cómo no! Aquí te adoramos, Marta, ¿lo sabes, verdad?". Le respondes que obviamente, que sabes de buena tinta que eres adorable, y que huelga decir que tú también la adoras a ella. A partir de ese punto, Audrey asiente a todo lo que le cuentas, abriendo desmesuradamente los ojos y cabeceando con energía en señal de comprensión, intercalando palabras como "sure", "absolutely" o "nice". Aparte de desplegar este encomiable ejercicio de empatía, intenta resolverte la papeleta como mejor puede. Lo logre o no, te despide agitando la mano como si partieras en una travesía trasatlántica, con una sonrisa estirada hasta las orejas y diciendo "cenquiuuuuu", con la voz más aguda de la escala tonal. Te marchas del sitio pensando que qué encanto la tía ésta, pero unos minutos más tarde, una vez disipada la emoción del encuentro, te asalta la duda de si Audrey no habría preferido estar tostándose en la playa en lugar de haciéndote la pelota. Y te quedas con la horrible sensación de que Audrey, durante todo ese rato, ha estado, en realidad, cagándose en tus muertos.
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